martes, 11 de agosto de 2009

Capítulo Uno - Una vieja historia

Los rostros conmovidos de los soldados y la leva revelaba la angustia que se sentía claramente en el campo de batalla. Varios habían intentado hacer que tomaran conciencia que esta también era su lucha, pero el pensamiento más común en sus simples mentes era "Porque tengo que estar yo enfrentándome a la muerte. Ni mi Señor, ni siquiera mis dioses serán capaces de recompensarme cuando solo esté vagando por los Caminos del Espíritu".
A unos cien metros de distancia, un número grande de criaturas demoníacas gruñían y se regocijaban con los rostros de sus adversarios. Era como si se alimentaran de aquel temor y los hiciera más fuertes.
Aunque los mortales eran más del doble en cantidad, seguían siendo mortales.
Los Generales humanos intentaron animar a la multitud, pero era más que obvio que no resultaría sin ayuda Celestial, y eso no había sucedido en mucho tiempo; tanto que ninguno de los presentes podría recordarlo.
Los dos viejos Generales, ya habían dado todo en el campo de batalla, y su vida ya podía ser recordada. Se miraron por unos segundos, sus yelmos con el protector elevado. También deseaban estar cómodos en sus casa, con sus sirvientes atendiéndolos, quizás morir en sus camas luego de ver a sus nietos crecer.

El cielo se oscureció de repente y todos supieron que había llegado el momento. La batalla era inevitable. Las criaturas comenzaros a emitir sonidos terroríficos y a agitar sus colas y alas, golpeando en la tierra y amenazando a sus enemigos con sus aguzadas garras. Sus bocas abiertas mostrando sus deformes dientes.
Los humanos perdieron toda esperanza, pero correr en este momento era inútil. Aunque hubiesen querido, sus piernas vagamente los sostenía.
Las nubes ennegrecidas se agitaron y un rayo marcó el campo de batalla justo a la mitad. Algunos se protegieron los ojos del fuerte destello, y en ambos bandos hubo desconcierto. Una solitaria figura apareció montada justo en aquel punto.
La visión se aclaró y el campo se lleno nuevamente de sonidos, aunque los demonios ahora no vociferaban, mas bien un murmullo llenaba el lugar; ahora enfrentaban un ser evidentemente más poderoso que simples granjeros con picas y soldados de baja autoestima. Aquella figura permanecía inmutable en el mismo lugar, su caballo respiró con fuerza y algo de vapor se disipó frente a su boca. Su actitud era amenazante y los demonios lo sentían claramente.
Su cuerpo cubierto por una armadura completa, algunas puntas y cortes irregulares salían de los pliegues azules oscuros. En su espalda estaba envainada una espada de hoja ancha y su mango largo sobresalía por sobre una de las hombreras. Su rostro estaba cubierto casi por completo por el protector de su yelmo, y solo dejaba ver una leve pero evidente sonrisa. Disfrutaba del momento; enfrentaba una horda de demonios, pero ellos no sentían ninguna angustia en este hombre.
Los rugidos y las voces en ese idioma insultante y gutural comenzaron a elevarse de a poco, hasta ser un coro de gritos y estruendos. Chocaban sus armaduras entre sí para que fuese aún peor el ruido, pero el hombre seguía mirándolos, inmutable.

Algunos humanos lo reconocieron, y alguien de entre medio gritó - ¡Traidor! - la palabra despertó al resto, un coro de gritos pronunciaban la misma acusación. - ¡Traidor! ¿Aún después de lo que hiciste te atreves a presentarte? - La sonrisa en el rostro del hombre se hizo más pronunciada, solo le importaba la batalla y ahora tendría una digna de ser cantada.
Su rostro se ensombreció, sus ojos brillaron en la oscuridad del yelmo y un fulgor rojo apareció por las rendijas. Apretó los dientes y su lengua se hinchó, unas gotas de sangre cayeron por sus mejillas.
Descendió del caballo, y en el preciso momento que sus dos pies estaban en tierra, su montura desapareció con un sonido seco.
Desenvainó su espada y una fila de runas azules se pintaron en el centro de la hoja comenzando desde el pomo y terminando a centímetros de la punta. Su cuerpo creció, y sus botas hicieron una huella marcada en el pasto del campo. Sus músculos se apretaron contra las paredes de la armadura.
Llevó su espada hacia un costado y comenzó a correr contra los demonios que no daban crédito la osadía. Los primeros que lo enfrentaron eran pequeños, con el cuerpo lleno de púas y uñas tan largas que sus brazos extendidos rascaban el suelo. Al hombre no le importó tales detalles y despachó de dos tajos unos cuantos que quisieron caerle encima; la sangre de las criaturas quemó el suelo como lo hacen las gotas de azufre líquido contra las rocas. Su espada hizo el resto, la esencia de las criaturas fue absorbida y solo cenizas cayó al suelo después del último tajo.
Los demás demonios no perdieron tiempo y atacaron al unísono. El hombre los tomó como un mejor desafío y comenzó a moverse entre ellos cortando a uno o varios con un solo mandoble. Babeaba, y con sus ojos inyectados en sangre, solo pronunciaba sonidos al recuperar el aliento luego de uno u otro corte de espada. Las víctimas fueron creciendo en número.

Los ojos de los mortales, espectadores de aquella batalla se mantenían completamente abiertos; no podían creer que un solo hombre estuviese masacrando a un ejército que hasta minutos antes ellos mismos habían catalogado como imbatible. Una fina lluvia había comenzado a caer y los rayos surcaban el cielo, iluminando el campo.
Los ancianos Generales no se quedaron de brazos cruzados y dieron la orden de ataque. Sus soldados alentados por tan épica hazaña no pensaron dos veces la situación y corrieron con todas sus fuerzas por el campo buscando sus primeras víctimas.
Pero el hombre, ahora sin nombre, no hizo distinción de raza o bando y su espada cegó la vida de demonios y hombres por igual.

Su respiración fue tranquilizándose y sus ojos nublados por las ansias de batalla y sangre, en ese momento logró ver el resultado. Solo él quedaba en aquel lugar, su espada había absorbido la última alma humana y el cuerpo de un Anciano General yacía tirado a sus pies, su rostro le imploraba piedad; solo quería morir tranquilo en su cama.

Los niños, escuderos en aquella batalla fueron los únicos testigos; y los pocos que habían tenido la valentía de ver tan cruenta batalla, solo podían mencionar el hecho que aquel héroe sin nombre llegó para destruir por completo aquella horda, aunque solo ellos habían quedados vivos.
Con el paso de los años incluso la batalla se contó con menos o con más detalles, y solo la Figura Misteriosa de aquel Héroe Sin Nombre fue recordado.

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